lunes, 21 de octubre de 2013

HISTORIA DE CURAS ROJOS.


No toda la Iglesia de España estuvo con la dictadura y con el régimen del General Franco durante la pos guerra y en la propia Guerra Civil. Un sector de la Iglesia salió en defensa de la ciudadanía más vulnerable y denunció públicamente los abusos del régimen militar.

En el País Vasco fue particularmente dura la represión hacia los denominados ‘curas obreros'. 16 fueron condenados a muerte y fusilados, 278 encarcelados y 1.300 trasladados a diócesis lejanas, según ha documentado el periodista -que también fue sacerdote represaliado- Juan Mari Arregi.

Incluso se destinó una prisión única para ellos, la cárcel concordataria, en Zamora. Allí fue privado de libertad hasta en tres ocasiones -entre 1968 y 1970- Juan Mari Zulaika por su activismo como cura obrero en Eibar. Ahora, Zulaika, de 71 años, junto con 16 sacerdotes vascos más forma parte de la querella argentina contras los crímenes franquistas que sigue su curso desde un juzgado de Buenos Aires. Durante un año, el exclérigo se reunió con sus compañeros, les explicó el proceso judicial que estaba investigando estos delitos y decidieron sumarse como grupo denominado ‘los curas de la cárcel de Zamora'. Tras recopilar la documentación necesaria: copia de los expedientes, sumarios y sentencias, redactó los testimonios de los 17 y llevó la querella a firmar ante notario.

Zulaika, que sufrió torturas y prisión por airear sus ideas sindicalistas y de apoyo al pueblo vasco, cree que no llegará a ver en prisión a Rodolfo Martín Villa, para quien se solicita que se emita una orden de detención, pero su intención es "completar la historia de España y del País Vasco". "No somos ingenuos, y yo soy bastante escéptico, pero tengo la esperanza de que todo esto melle un poco la impunidad". "Por un lado está la exigencia a la esquerra abertzale para que pida perdón y condene su historia, pero se olvidan que hay otra parte de crímenes que no reconocen, y niegan así el conflicto político.

Este ex religioso de Guipúzkoa afrontó un juicio militar en el cuartel de Loyola (San Sebastián) y los antecedentes penales le acompañaron hasta 1977. La cárcel no minoró su activismo, y llevó la causa hasta el congreso de la Iglesia Contestataria de Holanda. "Ellos luchaban por la supresión del celibato clerical; nosotros, por los derechos más elementales", ha plasmado en el texto de la querella.

Para otro cura firmante de la querella, compañero de Zulaika en Eibar, su camino se torció tras protestar porque el superior del convento de Bermeo no le permitía dar euskera en el colegio. Felipe Izagirre fue castigado por sus quejas con un traslado a Granada como capellán castrense. "En los sermones que daba allí iba metiendo cuñas sobre la justicia social".

Tal era el temor que le tenían a Izagirre, que le pidieron ver sus discursos antes de dar la misa, "pero yo me negué", defiende. En una disertación en la catedral, ante la cúpula militar y eclesiástica, habló de la justicia social hacia las familias pobres de los soldados de Andalucía, y reivindicó la separación entre Iglesia y franqusimo, solicitando que no se tocara en misa el himno nacional. "A los pocos días me llamó el vicario castrense y me mandó un mes a Baza; cuando regresé, me comunicaron mi expulsión", detalla. Después de aquello, a Izagirre le dieron a elegir entre marcharse a América o a Valladolid. "No podía irme lejos, estaba muy comprometido con todo lo social", reconoce. Sus siguientes pasos los dio como cura obrero en Eibar, junto a Zulaika. "Las peores torturas, las que recibí en San Sebastián", apunta. Allí fue detenido acusado de difundir propaganda contra los malos tratos policiales. El comisario que le interrogó trató de arrancarle confesiones a golpes. La hermana de Izagirre denunció los hechos y en el juicio -sin la presencia del interesado- se concluyó que esos golpes respondían a "medidas de seguridad".

Una homilía en noviembre de 1964 desencadenó el calvario de Alberto Gabikagogeaskoa. "En las cárceles de Euskal Herria se tortura con frecuencia", proclamó desde el púlpito. Fue su manera de protestar ante las detenciones y golpes que recibieron unos vecinos de Areatza por retirar el retrato de Franco y la bandera franquista de la escuela. Le impusieron una multa de 10.000 pesetas y tuvo que someterse a un juicio del Tribunal de Orden Público [TOP], que le condenó a seis meses y un día en junio de 1968. El acuerdo entre el Vaticano y el gobierno de la dictadura no permitía el ingreso de curas en las cárceles convencionales, por lo que la primera prisión de Gabikagogeaskoa fue el convento de Dueñas, en Palencia, donde permaneció un mes y medio. "A diario me venía a ver mucha gente de los alrededores que simpatizaban con nuestras ideas”.

Como reacción ante las multitudinarias visitas, Gabikagogeaskoa fue trasladado a un lugar que, a partir de ese momento, comenzó a funcionar como prisión exclusiva para curas. "Me llevaron a Zamora y estaba solo; inauguré la cárcel. Al día siguiente llegaron Juan Mari [Zulaika] y Felipe [Izagirre]". Allí pasó otro mes y medio.

"Justo al salir, me encontré con el encierro del seminario de Deiro -en el que participaron 70 sacerdotes-. Enviamos un documento al Vaticano, y nos suspendieron a divinis", ha testimoniado en la querella. Al año siguiente, Gabikagogeaskoa se sumó a la huelga de hambre del Obispado de Bilbao, una acción que le reportó el mayor tiempo de cárcel: siete años en la prisión de Zamora. El consejo de guerra que juzgó a los cinco responsables de esta huelga se celebró a puerta cerrada y pidió penas de diez y doce años de reclusión. Les acusaron de "bandidaje y terrorismo".

Ahora, Gabikagogeaskoa, de 76 años, trata de ser optimista ante la querella argentina, pero reconoce lo "difícil" del proceso. "El gobierno actual es post franquista", subraya.

Y mientras tanto, la Conferencia Episcopal y su “ tropa “ siempre junto al poder, organizando beatificaciones de mártires de derecha – de la Iglesia en la que ellos creen – mientras dejan en el olvido a sacerdotes como ellos y pertenecientes a la misma Iglesia por el mero hecho de ser de izquierdas, rojos y sindicalistas.

Seguramente que de la querella que presenta la jueza de Buenos Aires no se saque nada en claro con el gobierno que tenemos, pero lo que estamos seguros es que si hoy nos hemos enterado de la historia de tres de los 278 sacerdotes encarcelados y torturados, mañana, nuestros paisanos podrán conocer las tristes historias de unos sacerdotes que por ponerse junto a sus parroquianos, muchos perdieron la vida, otros fueron trasladados lejos de sus familias y más de dos centenares encarcelados, torturados, expulsados y anulados para seguir llevando a su pueblo la palabra de Dios.





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