Ayer sábado el día en Las Palmas estaba maravilloso, un día sin nubes y un Sol resplandeciente que incitaba a visitar nuestra Playa de Las Canteras.
Y a ella nos dirigimos a media mañana para pasar un día al amparo de la sombrilla y el contacto con las aguas de un Atlántico que estaba como una piscina, sin oleaje aparente y unas aguas azules cristalinas que con solo obsérvalas te rehabilitaba el sistema nervioso como si te hubieras tomado un trankimasín.
Como ocurre siempre, al llegar con tu mochila, lo primero que haces es colocar la sombrilla, es como si en ese momento tomaras posesión de un trozo de terreno que te pertenece y que será tu refugio durante unas horas en las que seguramente leerás los periódicos o te centrarás en la lectura de uno de los tres tomos de Milenium.
Los que vamos con frecuencia, no solo disponemos de una zona donde se nos conoce, sino que hemos conectado con personas a las que solo conocemos por saludarlas diariamente sin saber siquiera sus nombres.
Luego existen diferentes clanes de familias que ocupan la playa como si se tratara del desembarco de Normandía. Llegan en manadas, cargados de sillas, sillones, sombrillas, neveras, bolsas repletas de recipientes plástico donde traen desde la ensaladilla a las croquetas, pasando por la tortilla. En fin se pueden reunir hasta 25 o 30 personas en plan tribu.
Los chiquillos corretean por cualquier lugar, llenan de arena a los que están tranquilamente en sus toallas y nadie es capaz de decir nada porque aquel que le llegue a llamar la atención a una criatura de esas se puede encontrar con una jauría de personajes que le insultan y terminan diciéndole que si la playa es de él, o bien que si no está a gusto que se mude para otro lugar.
Lo mejor en estos casos es estar calladito, recoger las cosas y buscar otro lugar donde reine la tranquilidad.
Si eres observador, puedes pasar un día muy divertido. No tardarás mucho en oír a alguien pregonando:
“Hay pan de huevo. Al rico pan de huevo…” siempre es un señor ya mayor que arrastra un carrito lleno de cajas con bolsas de pan que vende a 2,50 euros.
Pero todavía no has repasado la primera hoja del periódico cuando oyes
” Barquillo, banquillito, para la hermana y el hermanito, para la niña y el niñito” Es el que vende barquillo de vainilla redondos o planos y que con su cantinela atrae a su clientela principalmente niños o niñas que se le van los ojos a las golosinas que lleva en un cesto de mimbre.
Miras el paisaje y a lo lejos detrás de la montaña de Galdar está el Teide y la silueta de la isla hermana entre nubes y brumas.
Comienzas a leer, y enseguida pierdes la atención, ya que delante de tu sombrilla a menos de cuatro metros cuatro forofos discuten sobre los fichajes del Madrid, de Cristiano Ronaldo, de Kaká o de Etoó, que si se va o se queda en el Barcelona. Se les nota acalorado con la discusión y sobre todo a uno de ellos que por el Barcelona daría su vida y que está a punto de infarto cuando le nombran a Florentino Pérez.
No lejos unos niños hacen prácticas en un curso de piragüismo patrocinado por La Caja de Canarias y coordinado por el Real Club Victoria.
Al fin te concentras y cuando más tranquilo está leyendo unos altavoces que te rompen el tímpano te anuncian que se ha perdido un niño en la Playa Chica y que se encuentra en el puesto de la Cruz Roja. Lo que nos llama la atención es que si el niño se llama Josué del Cristo, ¿Porque se tiene que hacer también el anuncio en inglés? Si se llama así estoy seguro que sus padres son como mínimo de La Isleta.
Otras veces cuando la gente está más a gusto le amargan el día o la tarde y les anuncian que en el agua existen medusas (Aguavivas) con lo que logran que los padres no dejen ir al agua a sus hijos, que los niños lloren, que sus padres se cabreen, que los que intentan pegar una cabezadita bajo la sombra en su sombrilla termine por acordarse de los parientes de esos niños, etc.
En fin cuando ya crees que puedes disfrutar de la lectura, tienes que ir a comprar algo de comer.
Solamente te has pegado dos baños, se te ha quemado hasta las pestañas y tienes el cuerpo molido de estar sentado sobre la toalla y con la espalda pegada a una silla cuya estructura la tienes señalada en alguna parte.
Después de una Coca-Cola fría, el bocata y el descafeinado de turno, nos introducimos bajo la sombra y volvemos a sacar el libro. Intentamos leer algo, pero los ojos se nos cierran, deseamos tumbarnos un rato y extendemos la toalla, colocamos en la gorra de visera las gafas y la cabeza sobre una pequeña montaña de arena que bajo la toalla nos sirve de almohada. En ese momento nos sentimos felices, pero la felicidad no nos dura nada. Una señora que viene del agua con unas chanclas que levantan la arena al caminar riega tu cuerpo y la toalla de una arena fina que te entra en el cuerpo como un latigazo.
No hay manera, vuelves al libro o al periódico. Vuelves al mar porque tienes una necesidad imperiosa y al volver, los nervios se han calmado y te conectas a la radio para intentar saber algo más del mundo. Escuchando la radio te aíslas de los ruidos, de la gente, de los que juegan a las cartas, de las conversaciones de las dos cotorras que tienes tres hamacas más allá , de los niños que juegan con una palita llenando de arena a todo el que está cerca y de una playa que empieza a cansarnos.
Cerramos los ojos, oímos las noticias, pensamos en lo bueno que ha estado el día y sus inconvenientes y cuando seguramente nos abrazó Morfeo, oímos una voz que nos dice:
“Vamos recogiendo que tenemos que coger la guagua.” No me negarán que ha sido un día divertido.
Con la mochila a cuesta y camino de la guagua, mi pensamiento se pierde entre un mar de personas, sombrillas, toallas, raquetas, juegos de cartas, arena volando, gritos, maldiciones y anuncios de una Policía Municipal bilingüe.