Las Elecciones en los Estados Unidos están muy complicadas
porque Donald Trump, como venía amagando en las últimas semanas de campaña, ya
ha desenterrado el hacha de guerra. “Esto es un fraude al pueblo
estadounidense. Una vergüenza para nuestro país”, ha dicho el presidente desde
la Casa Blanca, pasadas las dos de la madrugada del miércoles hora de
Washington (las ocho, hora española). “Francamente, hemos ganado las
elecciones. Nuestro objetivo ahora es garantizar la integridad de las mismas.
Iremos al Tribunal Supremo. Es un momento muy triste”.
Este hombre no solo ha sido un mal presidente, sino
que si no es elegido se marchará de la presidencia dejando la duda en los
americanos de que un país tan democrático como el suyo esta lleno de tramposos
que son capaces de robar los votos de unas elecciones. Lo que hace Trump no es
propio de un presidente honrado, mas bien de alguien que necesita el cargo para
seguir comportándose como un dictador que o se hace lo que el dice o te destituye
porque el que manda es él.
El presidente, a pesar de que dijo en los días previos
que no cantaría victoria hasta que esta estuviera clara, se ha dado por ganador
cuando aún queda por concluir el recuento en algunos de los Estados que
decidirán las elecciones. En concreto, Pensilvania, que horas antes el
candidato demócrata, Joe Biden, ha asegurado que iba camino de ganar. Todavía
quedaban por recontar cerca de 1,4 millones de votos por correo, que pueden
recibirse hasta el viernes, siempre que hayan sido sellados antes del martes.
Las elecciones se encaminan así al
Tribunal Supremo, donde semanas antes de los comicios los republicanos colocaron a la
juez conservadora Amy Coney Barrett, tras el fallecimiento de
la progresista Ruth Bader Ginsburg, inclinando la balanza aún más hacia la
derecha (seis votos contra tres) en la más alta instancia judicial del país.
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