CAPITULO III.
Fatma miraba el mar y los cruceros en el Bósforo. Junto a ella un
grupo numeroso de turistas alemanes y holandeses esperaban la
llegada de un autobús para realizar las primera visita de un día
soleado y luminoso.
Fatma era una chica que haba tenido la suerte de estudiar en la
universidad y licenciarse en Lengua Española, aunque hablaba muy
bien inglés y alemán. Su padre era ingeniero industrial y su madre,
profesora de secundaria. Tenía una hermana más pequeña que
estudiaba económicas y vivía en la zona asiática de Estambul. Mujer
muy alejada de costumbres arcaicas en el vestir, había cambiado sus
gustos desde que regresó de España donde estuvo tres meses
disfrutando de una beca de una institución española al finalizar su
carrera.
Madrid era para ella su segundo hogar, no podía olvidar sus paseos
por el Retiro, el Rastro y los miles de objetos que se vendían o
permutaban, las noches en la Calle Cardenal Cisneros y los vinos
entrando en uno y otro establecimiento y sobretodo : La Plaza Mayor
y el Teatro de la Ópera.
Se sentía a gusto con su trabajo y con su vida. Vivía junto a su prima
en un piso de tres habitaciones pero con una gran terraza que dejaba
Pero hoy se encontraba cansada, había dormido muy poco. La llamada
desde el Hotel SAPPHIRE, para atender a un cliente después de las
doce de la noche y tener que salir de la cama, coger el coche y dejar
tranquilo a un español temeroso de un mundo desconocido y cansado
de 18 horas de viaje, la vuelta a casa le volvió a trasportar a aquellas
tierras que tan amablemente le trataron.
Fatma se siguió preguntando ¿Quién era aquel hombre rubio de ojos
azules que estaba en el SAPPHIRE intentando conocer algo de su
querida ciudad? ¿Tendría la posibilidad de volver a charlar con él? ¿De
qué región española era originario? Y fueron tantas las preguntas
que ella misma se hacía, hasta que llegó un momento que se
preguntó: ¿No me habrá gustado demasiado de ese español con tan
solo verle una sola vez y unos pocos minutos?
Continuó explicando a sus clientes los edificios y el paisaje urbano
que recorría aquel gran autobús y dejó de pensar lo que había
ocurrido en la noche anterior.
15 DE Julio de 2.014
Un buen café con leche, un pequeño pan con mantequilla y
mermelada y un zumo de naranjas fueron suficientes para acompañar
a las pastillas de cada día: Las de la tensión y el protector de
estómago eran mis compañeras cada mañana. Sin ellas seguramente
no estaría a tantos miles de kilómetros de mi casa.
Terminado el desayuno me dirigí nuevamente a recepción a dejar la
pequeña tarjeta electrónica que abría mi habitación. Recibí los buenos
días en español y el recepcionista con gran amabilidad me insinuó un
recorrido cercano al hotel ese primer día hasta que me fuera haciendo
a las calles, la circulación y la ubicación de los lugares más
interesantes. También me propuso un tour con parada en diferentes
lugares que salía muy barato y disponía de una guía. Le agradecí su
amabilidad y me senté ante un mapa para situarme y ver donde
estaba realmente.
Me informaron que si quería visitar Santa Sofía o Topkaki podían ellos
en la recepción facilitarme las entradas correspondientes con lo que
me evitaban hacer grandes colas. Pedimos las de Topkaki que era
donde pensaba pasar una hermosa mañana con un cielo de color
turquesa y un olor a especies que llenaba todos los rincones de la
pequeña calle peatonal donde se encontraba ubicado el hotel y en la
que se distribuían restaurantes en todos sus locales. Una calle que me
conducía a la libertad: Un canario en una ciudad llena de misterio y de
historia.
Me aseguré que la bolsa quedara con sus cremalleras situadas junto a
mi ropa y no que pudieran abrirlas desde el exterior y empuñé con
gran ilusión la cámara NIKON con la que esperaba conseguir cientos
de fotos que me recordaran ese viaje para siempre.
Me habían dicho en el Hotel que estábamos situados a escasos 10
minutos de Santa Sofía y la Mezquita Azul podía ir caminando pero
me recomendaban una parada de autobús que me llevaría
evitándome el cansancio y asegurándome la comodidad. La verdad
que no sabía que hacer pero me decidí por caminar hasta mi primera
visita cultural: Topkaki.
La zona donde hay una mayor concentración de monumentos y sitios
de interés es la de Sultanahmet donde está situado mi hotel. Aquí
encontramos La basílica de Santa Sofía (ahora museo), la mezquita
Azul, el Palacio de Topkapi, la Cisterna de Yerebatan y las columnas
romana y egipcia.
Calculan que para verlo bien usaré como mínimo un día entero
siempre que hoy no sea el día en el que alguno de ellos cierra. El
Gobierno tiene legislado que el cierre se produzca un día a la semana,
y se van alternando para no coincidir todos. Estambul posee un gran
número de mezquitas, en su esplendor dicen que más de cíen. La
primera que vi me sorprendió, y espero que al ir conociendo las demás
nos daremos cuenta que todas tienen una misma estructura. Los
islamitas no buscan la suntuosidad que suelen tener las iglesias
católicas, ellos buscan una atmósfera de oración y reflexión, que
consiguen con la mezcla de la luz y los colores suaves de las paredes.
Son espacios diáfanos, porque como ellos dicen, las mezquitas deben
representar lo infinito de Dios.
La Linea 1 del Tranvía: Sultanahmet me dejó a las puertas del palacio
de Topkapi y con la gran suerte que estaba abierto de miércoles a
lunes de 9:00 a 17:00 horas y cerrados los martes.
Nuestro interés por este Palacio es que en él se refleja la mejor época
del Imperio en Estambul y simboliza el poder que alcanzó
Constantinopla como sede del Imperio Otomano donde los sultanes
gobernaron este gran imperio hasta mediados del siglo XIX.
Después de la toma de Constantinopla por Mehmed II se comienza su
construcción que se termina e inaugura en 1465 y durante los años
siguientes fue ampliado hasta que en 1856 el Sultán Abdulmecid
decidió trasladar su residencia al Palacio Dolmabahce un palacio de
corte más occidental.
El Palacio de Topkapi fue la sede administrativa del Imperio Otomano,
uno de los tres imperios más grandes del mundo. Sin duda es el lugar
histórico más importante que debe visitarse en Estambul. Por eso es el
palacio más visitado de Turquía y uno de los más visitados de Europa
con unos 1.5 millones de visitantes al año. Después de la toma de
Estambul, Fatih Sultán Mehmet durante un tiempo residió en un
palacio bastante pequeño en Beyazit cerca del Gran Bazar, y entre el
año 1475 y 1478 ordenó construir encima de las ruinas de una ciudad
romana los edificios que serían las raíces del palacio de Topkapi. En
los siglos posteriores, todos los sultanes enriquecieron y ampliaron el
palacio con nuevas construcciones hasta el siglo XIX en que lo
abandonaron. El nombre original del palacio es el Saray-i Cedide-I
Amireíí pero el pueblo le llamó "Topkapi Sarayi" por los grandes
cañones que estaban delante de la entrada. Cinco kilómetros de
murallas rodean el palacio, el área total que ocupa el palacio es de
unos 700.000 m². el doble que el Vaticano y la mitad de Mónaco.
El palacio tiene una de las colecciones más ricas del mundo, junto con
las dinastías de los Hausburgo de Austria y los zares de Rusia; en sus
archivos están documentadas unas 65.000 piezas pero solamente el
10% de esta colección está expuesta por falta de sitio y de personal.
Unas 5000 personas vivían en el palacio, los miembros del palacio,
altos directivos, servidores y soldados, y cada día otras casi 5000
personas venían de visita al palacio...
Cuenta con cuatro patios y múltiples edificios en su interior: sala de
armas, cocina, establos reales, tesoro, museo y varios edificios de gran
interés.
De entre las múltiples partes que tiene el palacio, una de las más
importantes es el Tesoro.
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