martes, 18 de marzo de 2014

CELEBRACIÓN, PAELLA Y CESE FULMINANTE.


Ayer les dábamos la noticia de la comida celebrada en un cuartel de la Guardia Civil en el que una serie de señores vinculados a la toma del Congreso  el 23F entre los que destacaban el exteniente Coronel Tejero y varios compañeros. ¿Que celebraban? Por la fecha al ser el día 18 muchos dicen que no tenía que ver con el 23F y nosotros pensamos que al no celebrase una fecha puntual como podían ser los treinta o los cuarenta años, deducimos que esta gente estaba acostumbrada a celebrarlo cada año y que esta vez al enterarse la prensa se destapó la caja de Pandora  y el Ministro del Interior inmediatamente tomó la decisión de cesar en su puesto al hijo de Tejero, también Teniente Coronel y jefe del Grupo de Reserva y Seguridad (GRS) número 1 de la Guardia Civil.
Hoy un hijo del exteniente Coronel Tejero pese a su condición de sacerdote, Ramón Tejero no se mordió la lengua: “El cese de mi hermano lo atribuyo a una falta de vergüenza del director general de la Guardia Civil y del ministro del Interior. Es una vergüenza”, prosiguió, “que haya etarras en la calle siendo aplaudidos, que han asesinado a personas inocentes, y que unas personas que han sido juzgadas y han cumplido su condena no puedan comer juntas en privado. Es una vergüenza”.
Pero en algo se equivoca Ramón Tejero. No fue una comida privada. Si lo hubiera sido, el ministro del Interior no habría actuado. Pero la comida de amistad no se celebró en un restaurante y ni siquiera en la vivienda oficial de su hermano —ubicada dentro del complejo de Valdemoro—, sino en las instalaciones de la GRS, donde los invitados fueron atendidos por personal en tiempo de servicio.
Lo que admitió Ramón Tejero es que los comensales eran “personas que fueron condenadas por el 23-F, pero que no fueron expulsadas de la carrera, sino que llegaron a coroneles y están retirados”. No reveló, sin embargo, sus nombres.
El primer compló golpista de la democracia se fraguó en una cafetería de Madrid llamada Galaxia, en la que Tejero y el capitán Ricardo Sáenz de Ynestrillas planearon ocupar el palacio de La Moncloa, detener al presidente Adolfo Suárez e impedir el referéndum constitucional.
Los sediciosos fueron detenidos, pero el consejo de guerra creyó su versión de que se trataba solo de “charlas de café” y les impuso penas mínimas, de apenas unos meses, que les permitieron seguir en activo y pasar, en febrero de 1981, de las musas al teatro, de los planes de Estado Mayor a los orificios de bala en el techo del hemiciclo del Congreso.
Tejero tiene 81 años y no representa ya amenaza alguna para la democracia. Lo preocupante es que exmilitares condenados por sedición —quizá el delito más grave de cuantos pueda cometer un miembro de las Fuerzas Armadas— sean recibidos y homenajeados en una instalación militar sin que nadie se sienta escandalizado. Y que Interior tarde un mes en darse por enterado.

Y además, se cesa al hijo y lo mandarán a seguir prestando servicio en alguna comandancia cuando lo más lógico después de esta comida era que se fuera a su casa y buscara trabajo fuera de las estructura militar. Pero seguramente el ministerio del Interior con el cese se conforme y tratará de echar tierra al asunto para que no siga levantando tanta polvareda,

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